cuando yo era niña la yaya salía todos los días a pasear por el camino, aunque estuviera cansada, aunque le dolieran las piernas, y siempre traía, al llegar a casa, un ramo de flores. yo nunca paseaba porque odio andar sin sentido y ya lo odiaba con 8 años. ahora entiendo que el motivo no era el paseo sino el tiempo que no pasamos juntas porque por aquella época creímos que tendríamos todo el tiempo del mundo. pero no fue así. y un día de repente dejaste de traer flores. y de andar. y de hablar. y de entender. y la niña murió cuando olvidaste mi nombre. y yo te hablaba y tú respondías con palabras que no significaban nada y yo te contestaba, porque estoy segura de que nosotras nos podíamos entender. lo sé porque sonreías y me cogías de la mano. a veces me llamabas hija como si vieras en mí a quien fue mamá. no te equivocabas, no nos olvidaste, nos reconocías a través del tiempo como aquella mujer que siempre estuvo contigo, aunque fuéramos dos. perdóname por no llevarte flores, siempre sentí que decorar tu cuarto con ellas era aceptar una derrota. tú partías el ramo en dos y me dabas la mitad, decías ‘ponlas en agua que no van a durar mucho, pero mañana traigo más’. y yo siempre creí que cada día me traerías una. siempre creí que se acabarían las flores en el mundo antes que tú. pero ya no está la abuela, ya no está la niña, lloro mientras escribo: ¿qué hacemos con las flores?

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